• Federico Rojas

“Le debo tanto al juego, que ni en 10 vidas podría pagarle”

Updated: May 24, 2020

Está convencido de que lo volvería a hacer todo de nuevo, por un deporte del que no piensa desconectarse. Una de esas historias de superación, la de Víctor David Díaz, el legendario basquetbolista que se ganó el reconocimiento público, por su extensa y laureada trayectoria sobre el maderamen.

Díaz en 1995 / Archivo Víctor David Díaz


28 años de carrera hablan por sí solos. A simple vista, se lee rápido. Pero el proceso dentro de esas tres décadas de esfuerzo, dedicación y disciplina, hace que no sea una simple mención, sobre todo porque se trata de un atleta, cuyo periodo de actividad profesional no suele ser tan extenso. Todo ese tiempo en el juego llevó a Víctor David Díaz a convertirse en uno de los más grandes exponentes del baloncesto y deporte venezolano.


Hecho en el barrio El Guarataro, el histórico baloncestista cuenta cómo buscó el deporte desde bien muchacho hasta que agarró el básquet en la adolescencia.


“Me han picado unos cuantos bichos. Primero fue el voleibol, corrí atletismo, jugué béisbol organizado y después vino el baloncesto, a los 16. Ya estaba grande. El básquet llegó al barrio como una tormenta, en los años 80. Se empezaron a ver los juegos de NBA en Venezuela, vino el Panamericano(boom de 1983), que trajo a (Michael) Jordan y su gente al Poliedro. La fiebre que había en ese momento. Todo el mundo empezó a jugar y yo lo hacía dividido. Jugaba un rato baloncesto y un rato béisbol, hasta que me dediqué por completo”, cuenta quien estiró su estatura 23 centímetros más, después de esos años.


Del popular sector de la parroquia San Juan salió a buscar oportunidades. Fue citado para un campeonato nacional, en representación de la capital, y allí, Díaz entró al ruedo de manera oficial.


“Venia de jugar el nacional de mayores, en el gimnasio Hermanas González de Puerto Ordaz. Mi primera experiencia. Fui con distrito federal. Estaban Tulo Rivero, Melquiades (Jaramillo), ‘Kako’ (Nelson Solórzano), (Gustavo) Maza, Pedro Rojas, Douglas Barinas y los novatos éramos Octavio Contreras y mi persona. Cuando regresé, tenía ofertas. Tuve la oportunidad de escoger entre Cocodrilos y Panteras. Me vieron condiciones en ese nacional. Fui primero, con mi hermano José Ramón, a las prácticas de Cocodrilos. Voy y veo como es la cosa. Me tocaba ir a la práctica de Panteras la semana siguiente y allá estaban Tulo, Melquiades, Gustavo, ‘Kako’, que habían sido compañeros en el nacional. Eso lo hizo fácil para tomar la decisión de irme a Panteras. No por nada extradeportivo. Me sentí como en casa con estos jugadores, con los que había vivido un mes en mi primera experiencia”, detalló.


En la franquicia mirandina tuvo que abrirse camino, con cabeza fría, empeño y el soporte de sus talentosos compañeros.


“Mucha gente piensa que llegué directamente jugando, pero no fue así. En Panteras habían jugadores como Armando Becker, Estaba, Soteldo, César Portillo, Tomás Morris, Willy Naranjo. Ellos estaban más hechos que yo en ese momento. Me tocó trabajar y reconocer que no era mi momento y era frustrante, porque uno quiere jugar. Tuve la madurez para entender que no me tocaba. Que tenía que trabajar para equipararme con los jugadores de renombre. Era difícil”.


Bajó la cabeza y absorbió lo que vio de esa prestigiosa plantilla.


“En la posición que estaba, entendí que en la vida hay jerarquías. En un ejército, no es lo mismo un general que un capitán. Para llegar a general hay que pasar por la capitanía. Aprendí mucho de ellos y esperé mi momento. Tienes que estar preparado para cuando pasa tu suerte”.


Así como Estaba, Carl Herrera, Iván Olivares y César Portillo, habían salido a expandir sus opciones en el sistema NCAA, Díaz dejó Caracas y se fue al centro de los Estados Unidos, con 20 años.


“Mis avances en el baloncesto, más allá de aprender los fundamentos, fue muy rápido. Una vez, Larry Brown (no el coach histórico que dirigió a los 76ers y Pistons, etc), asistente de la Universidad del Sur de Alabama, vino a chequear los progresos de Gabriel (Estaba). Fue a un par de entrenamientos de Panteras, me vio y le llamó la atención. Su primera pregunta fue si me había graduado de bachiller. Le dije que sí y luego hizo todas las diligencias para conseguirme una beca. En enero del 89 me fui al South Plains Junior College de Texas, donde tuve dos buenos años. Junto a Richard Medina. Eso me valió para ser llamado por casi 48 universidades. De las grandes, medianas y pequeñas. La de Houston, más allá de que Carl estuvo ahí y sabían de mi existencia, fue la que se interesó desde mi primer año en college, cuando no había jugado ni un partido. Cuando tomé la decisión, no tenía duda, dejé a Houston de último, porque era donde quería estar”, confiesa quien también revisó las propuestas de Kansas, Alabama del Sur, Hawaii, Sur de Florida, Clemson, Baylor, Texas A&M, entre otras.


En el inicio de su nueva vida, Díaz no la pasó bien. Tuvo que armarse de paciencia y, por su madre, Sara, consiguió el pensamiento adecuado para ponerle buena cara al mal tiempo.


“Llegué el 12 de enero y al siguiente día me levantan a las seis de la mañana. Me vi en el espejo, lloré y me dije: ‘Vamos a ver cómo es este viaje aquí’. Salgo del dormitorio. Un frio, 10 grados bajo cero, nieve y ahí directamente me enrolé en clase. Mi inglés no estaba a ese nivel. Fue un contraste. El clima, el lenguaje y la lejanía. Un golpe muy fuerte en lo emocional, que se reflejó en el primer mes. No me fue nada bien. (De la universidad) Llamaron a Larry Brown, a ver si era que se había equivocado, porque no estaba rindiendo en las prácticas. Mi mente no estaba ahí, no estaba convencido de que tenía que estar ahí. Aparte el choque en las clases, por el inglés. Se complicaron las cosas. Llamé a mi mamá y le dije que no me estaba adaptando. Que, a lo mejor, regresaba. Me dijo que, si regresaba, me recibía con los brazos abiertos, pero que supiera que iba a ser uno más. Esas palabras se quedaron conmigo para siempre”, rememoró.


Tomó la determinación de salir adelante con empeño y se encontró con una profesora que lo guio a superar la barrera lingüística.


“Hice un mayor esfuerzo en adaptarme. Ya estaba ahí. No tenía otra opción que aprender. Llegó una profesora, Mrs. George, que me ayudó mucho en cuanto al idioma. Una vez me aconsejó que comprara un walkman, de los que tenían para cassete, pero que trajera radio y que me acostara a dormir y lo dejara prendido, para que el subconsciente se adaptara. Lo hice y me trajo resultados. Ahí me empezó a ir bien en las clases y las practicas. Ahora sabía lo que estaban hablando mis compañeros y hasta una novia me conseguí”, revela quien, a la par, estudiaba administración y gerencia deportiva.

Víctor David en la Universidad / Archivo Víctor David Díaz


Ese pasaje de crecimiento dentro de un entorno ajeno prosiguió con su primera citación a la selección, para las clasificatorias al Mundial de 1990 que se llevó a cabo en Argentina.


“Me había ido bien en Estados Unidos. Fui líder encestador, en porcentaje de triples de la nación (47%) y promediaba 17 puntos por partido. Ya empezaba a dar pasos. Me llamaron a la preselección y tuve la bendición de hacerme amigo de Sam Sheperd, que me eligió como compañero de cuarto. Me tenía que levantar todos los días a las seis de la mañana, a correr con él, antes de las prácticas. Llegábamos antes (a la cancha) y lanzábamos. Terminábamos la práctica y lanzábamos. Una gama de disciplinas que tenía y ahí las terminé de pulir”, dijo de aquella concentración que hicieron en Maracay, bajo las órdenes de Jesús Cordovés.


Previo al mundial, Díaz sacó a relucir todas las destrezas que había mejorado en su experiencia universitaria, durante un cuadrangular del que participó la selección, en España, contra los anfitriones, Angola y la Yugoslavia de Kukoc, Divac, Petrovic y Obradovic, entre otros.


“Tuve una de mis mejores momentos jóvenes en la selección. 17 puntos por partido en esos juegos. Me fue muy bien. En mi mente lo sentía y otros jugadores especulaban que había entrado. Sam (Sheperd) dijo: ‘Este carajito hizo el equipo’”.


Por muy encaminado que lucía, Díaz volvió a encontrarse con un momento, para ese entonces, adverso.

“Llegamos del viaje a Caracas y me mandaron a decir con Freddy Urdaneta que estaba cortado, que no fuera a Valencia”, que era donde se concentrarían antes de partir a Buenos Aires.


“Fue el momento más bajo y difícil de mi vida, emocionalmente hablando. Todavía estaba ilustrándome de lo que viví en España como jugador y al llegar ser cortado. No entendía lo que estaba pasando. Se dijo que fue porque prefirieron llevar a un jugador con más experiencia”.


La decisión de Cordovés marcó un punto de quiebre en la carrera de Víctor David quien, con el orgullo herido, se levantó para no volver a caer en el confuso hoyo de la frustración.


“Ese evento cambió mi vida de basquetbolista por siempre. Me creó esa espinita que me llevó a querer demostrarle a todo el que tuvo que ver con esa decisión, que estaba equivocado. Me fui unos meses más temprano a Estados Unidos. Me preparé con un trabajo más serio, intenso y largo que antes. Me convertí en jugador de baloncesto”.


El desquite no demoraría en llegar. Pasaron los meses y al banquillo venezolano llegó el boricua Julio Toro, “Que creyó en mí desde el primer momento. Cuando llegamos me dijo: ‘Haz lo que tienes que hacer. Estás entre los 12 de este Sudamericano. Debuté en grande en Valencia. Me ponía a jugar mucho de uno. También de dos y de tres. Hacía las tres posiciones. Eso me dio minutos. Inclusive en el juego contra Brasil, que logramos el pase a la final. Salgo de titular, porque Iván tenía una lesión en uno de sus dientes y Julio me dio la confianza de comenzar. Me tocó defender a Marcel De Souza. Mi revancha fue dulce, demostré que pude haber ido al Mundial”.


Más tarde, los hechos hicieron que Díaz cambiara su interpretación de lo que fue aquel corte previo al mundial de 1990. Y se lo hizo saber a Cordovés.


“Hubo conversaciones en las que él me dio su punto de vista y yo el mío. Después terminé agradeciéndole porque, quizás, si no me corta de ese Mundial, me hubiese creído el cuento de que era así, tan bueno, y no hubiese trabajado como lo hice después. Su decisión errada de cortarme me hizo un jugador más hambriento y preparado”.

Con Toro, Díaz tendría más ventanas para demostrar su capacidad de influir en el juego. El Preolímpico fue el segundo escalón hacia la cumbre de Barcelona, donde plantaron bandera y marcaron un hito en el baloncesto y deporte nacional.


“Fuimos a Portland sin ninguna señal de que iba a ser algo histórico, pero a veces las cosas se dan cuando menos esperas y Portland nos dio la satisfacción de jugar con ese único Dream Team e ir a unos Juegos Olímpicos, que es el plano más alto que puede tener un atleta en su carrera […] Sonaba ese himno nacional y se encendía el alma, la vida. Sabíamos que estábamos en los ojos de todos los venezolanos, más allá de nuestras familias. Una experiencia inefable. No hay palabras para describirla. Salir todos los días a calentar y competir para tratar de hacer lo mejor por un equipo que representa a tantas personas”, expuso sobre aquellos días.


Tras el hecho deportivo, volvió a Panteras. Jugó dos años y en 1994 pasó a Cocodrilos donde, a pesar de establecer topes personales en casi todos los renglones, no se sintió tan a gusto como durante sus siete años previos como felino y al término de la contienda regresó a barrio Sebucán.


“José Obaldo era parte del staff de radio Cocodrilos. Su tía, Adelaida, le da otra vez el control completo de la organización y me dice: ‘Vámonos de regreso a Panteras’, que venía de quedar último en la temporada del 94. Esa vez, mi relación con parte de la directiva de Cocodrilos no fue buena. Y Panteras es el equipo de mis sueños, el equipo de mis comienzos, el equipo con el que me identifica la gente, independientemente de los buenos años en Cocodrilos”.


A diferencia de la primera vez, ahora Díaz ya estaba hecho cuando se volvió a calzar la camiseta de los mirandinos.


“Teníamos un núcleo bien joven. Richard (Lugo), Jean Carlos (Espinoza), Ernesto (Mijares). La base del equipo. Los trabucos van más allá de los jugadores, la gerencia y la administración, que tiene que estar a tono con lo que es el equipo. Y esa vez entendieron que era un proceso de formación, que estábamos echando raíces fuertes para tener una base sólida e interesante”.


Había talento pero, para que el sentido de equipo apareciera, el nuevo entrenador, Bruno D’Adezzio, tenía que tener tacto para saber echar mano y, con Víctor, las cosas no arrancaron bien.


“Regresé a Panteras y ese año se implementa una regla de jugador A, B y C, donde los equipos que no tuvieran jugadores A (de selección), podían inscribir a un extranjero. La idea de Bruno era jugar con tres americanos y no con dos, porque yo representaba un jugador A. Me consigo con eso y tuvimos diferencias. Entonces José Obaldo hizo una reunión en la que le aclaró, a Bruno, que no era una opción que yo estuviera ahí. Era una imposición de los dueños y de él como gerente. A Bruno lo pusieron a escoger. Tenía que quedarse con el equipo y conmigo, porque no le iban a traer tres extranjeros”.


Sin embargo, la desavenencias fueron quedando atrás, porque tanto Díaz como D’Adezzio se encontraron a través del lenguaje del juego.


“Cuando dos personas inteligentes, que están por un mismo objetivo, se sientan a conversar, pueden salir adelante. La relación de nosotros en las prácticas de pretemporada fue nula, pero creo que él entendió la forma como yo estaba madurando como jugador y que podía darle tanto o más que cualquier americano, en esa posición. Aparte conocía la liga, era joven, tenía hambre y estaba en buen nivel de baloncesto. Con el pasar de los días, que nos fuimos conociendo y trabajando, nos entendimos. Me ayudó en la parte mental, de la maduración entre jugador y persona”, destacó.


Ese capítulo inicial quedó atrás y lo demás es conocido. Panteras ganó la LPB de 1995, Díaz fue el Más Valioso y con D’Adezzio construyó una buena relación.


“No empezamos bien, pero nos hicimos grandes amigo. Me ayudó mucho en mi carrera, le tengo respeto como gerente, entrenador y como profesor del baloncesto. Enseña a la juventud, tiene trucos y detalles para lanzadores. Además, fue uno de los primeros grandes lanzadores que tuvo el país”.


Ese gran Panteras duró poco, dado el lamentable y trágico accidente en el que Obaldo y la presidenta, Adelaida de Gómez, perdieron la vida, mientras estaban en Estados Unidos reclutando jugadores para la temporada del año 2000.


“Si hubiesen durado un poquito más, eso se pudo haber convertido en una dinastía con los años. Se acabó ese trabuco. A veces me pregunto, ¿qué pudo ser si ellos hubiesen durado más tiempo vivos?, ¿qué hubiese sido de Panteras?, ¿se habría concretado un equipo de trascendencia?, pero especular no trae nada nuevo”.


Víctor David estaba en su pico de rendimiento. Sus formas eran reconocidas y, con más frecuencia, mostraba la capacidad de ser decisivo.


“Había empezado a dominar el juego. Más allá de la parte física, la parte mental. Me convertí en un estudioso. Por ejemplo, si jugaba contra Cocodrilos y había un juego (la noche anterior), lo dejaba grabando y después estudiaba a los rivales. Cómo me podían marcar, cómo podía defenderlos, qué jugadas y estilo tenía Cocodrilos. Me tocaba Tony Dawson y me fijaba en qué hacía cuando se iba por la derecha o por la izquierda, si iba al rebote ofensivo o se quedaba, si le podía correr. En la evolución entendí que el juego era más allá de las cuatro rayas”.


Y, aparte de lo mental, ¿qué lo hizo tan eficiente año tras año?


“Me hice un enfermo del entrenamiento, especialmente en el tiro. No solo de tres. También los tiros del poste, parado, a la carrera, el tiro libre. Saliendo de la cortina. Pendiente de la posición del pie y el brazo. Subía el tiro, lo bajaba. Para ser un gran lanzador, hay que dedicarse. Sam (Sheperd) y yo éramos del grupo selecto de los 700 tiros al día mínimo. En una época lanzaba 1000 al día. 300 en la mañana, 400 en la tarde y 300 en la noche, o 500 y 500. Cuando tenía tiempo fuera de temporada conseguía el espacio y las personas que me ayudaban”, resaltó el máximo anotador de la selección nacional.


En continua reinvención, el otrora 34 de Panteras tenía pleno control de sus facultades.


“Entendí que si quería jugar mucho tiempo tenía que buscar otras formas, más allá del triple. El fundamento más importante es el lanzamiento. El que lanza y mete, puede jugar. Lo demás, se aprende. Ahora podía jugar en el poste, con el tiro medio después de un drible, el tiro corto, el tratar de ir lo más posible a la línea. No tenía temor al contacto. Sabía que si quería ser un anotador prolífico tenía que anotar desde distintas facetas del juego. El triple era mi anzuelo. Lo entendí y empecé a sacarle provecho. Apenas levantaba la ceja, la gente saltaba. Aprendí a hacer la finta del triple y penetraba”.


A esta altura de la historia, el alero ya convivía con la fama. El país ya lo conocía, como una de las grandes figuras públicas del baloncesto profesional.


“Puedes ser famoso, pero sigues siendo un ser humano, igual al que está al lado tuyo […] Si de joven te llega fama, dinero, mujeres, facilidades, es bien fácil desmotivarse y perder el hambre de seguir trabajando y mejorando. Mucha gente trabaja para tener excesos materiales a la mano, pero ahí entra la educación de casa y la personalidad. No es nada fácil manejar la fama. Se puede perder la perspectiva y vivir un mundo paralelo, que no es real. Cuando evolucionas quieres más y te desarrollas en un espectro diferente al que cuando estabas joven, en el barrio. Por supuesto que tenemos que mejorar la situación en la que vivimos. Educativa, monetaria, social y espiritualmente, sin olvidarnos de dónde venimos.”.


Víctor David se aferró a sus raíces, para que todo lo que le presentó la fama no lo sacara de la ruta segura.


“Ahí entran los amigos, familiares y quienes te rodean. Las pocas veces que me salí, me decían: ‘Espérate, no te creas el cuento que esto es así, así y así’, y entendí. La fama puede ayudar a la autoconfianza, pero te puede destruir, si te crees el cuento más allá de lo que te lo tienes que creer. Es una bendición de Dios y los Santos, que me dieran esta familia, mis hermanos, la formación, los buenos amigos y vecinos que me apoyaron”.


Durante el nuevo milenio, Díaz ganó un cetro con Cocodrilos, en 2008, asistió a dos mundiales 2002 y 2006, como capitán de la selección y se convirtió en el máximo anotador de la Liga Profesional de Baloncesto, al superar la marca de los 19.007 puntos que ostentaba su amigo Sam Sheperd.


“Tuvimos muchas conversaciones antes de que se diera. Una vez me dijo que no me iban a dar los tiempos para batirlo y yo no lo entendí hasta que se acercó ese momento y la parte mediática. Recuerdo que varios compañeros me decían en Valencia que jugara tranquilo ese día y batiera el record en Parque Miranda. Las cosas se dieron esa vez. La gente me dio un aplauso como de tres minutos, sin parar, y eso me habló de la sapiencia y conocimiento de la fanaticada. Imposible poner en palabras la emoción y los sentimientos encontrados. Cuántos factores se conjugaron para que sucediera, desde el punto de vista familiar, de trabajo, de suerte, de no lesionarte, de ganas de seguir, de oportunidades de jugar. Entonces es un record que resume muchas cosas de cómo fue todo mi camino”, mencionó con evidente emoción.


Desde ese privilegiado lugar que consiguió con entrega y disciplina, tiene la autoridad para hablar del baloncesto venezolano. Lo conoce de abajo hasta arriba, así que sabe cómo está conceptuado.


“Nuestro baloncesto es respetado en todas las latitudes. Lo que está haciendo nuestra selección. Mi preocupación es que, mientras la selección mayor obtiene triunfos categóricos, en categorías menores hemos perdido con Chile, Paraguay y Colombia. No puedo entender que estemos ganando sudamericanos, asistiendo a unas Olimpiadas y un Mundial con la mayor, pero en categorías menores perdemos con países no tradicionales del baloncesto. Hay que revisar qué está pasando. Es incongruente y preocupante, sin menospreciar a estas naciones que han mejorado. Para las generaciones de los últimos 50 años, los juegos con esas selecciones eran de trámite”, exclamó.


Según el tres veces galardonado como ‘Jugador más valioso’ de la LPB, dichos resultados le hacen vislumbrar un mal porvenir al básquet nacional.


“Este análisis me dice que cuando salga esta generación, vamos a tener una sequía de 20 años para volver a lograr algo importante. Tenemos que revisarnos como federación y ente de baloncesto y ver cómo corregirlo. No esperar años para buscarle solución y aclararlo”, concretó.


Díaz se retiró en 2015. Se puso como meta “durar dos años fuera del ambiente del baloncesto, en todas sus latitudes. Desde jugar e ir a los juegos. Estaba limpiándome y curándome de un retiro, que no es fácil”.


Luego trabajó en la gerencia de Marinos de Anzoátegui y, pese a las dificultades, se llevó un buen recuerdo.


“Me comí las verdes y las maduras. Me tocó ser cabeza de un equipo que tenía una suspensión FIBA. Tuvimos que jugar con jóvenes y sin figuras, durante temporada y media. Tuve mucha paciencia, pero me fui bien orgulloso de esos muchachos, que mejoraron hasta convertirse en jugadores hechos. Adquirí uno de los mayores aprendizajes: Hacer mucho con poco”.


Actualmente, el máximo anotador en la historia del baloncesto profesional venezolano, espera que el proyecto de la Súperliga pueda concretarse, para reflotar el circuito nacional y la práctica profesional en toda la nación.


“Llegó la pandemia y todo quedó en puntos suspensivos. Se habla de 16 equipos, con muchos jugadores. Esperamos que se materialice. En mi caso tengo a Supersónicos (podría cambiar de nombre) con dos alternativas de sede. Estamos trabajando para enfrentar el reto de una organización naciente. Aquí es de cero, así que le puedo poner un toque más personal, al que podría en una organización ya hecha. Espero construir un equipo para competir y darle oportunidad a jóvenes valores que están pidiendo pista”, detalló sobre el nuevo desafío, que asumirá junto a Argenis Mujica, quien fuera gerente de Panteras.


Fueron 28 años de los que Díaz “No cambiaría nada. Lo que pasó, se vivió, se disfrutó, se trabajó, se sufrió, se lloró, se corrió y se saltó. Todo en su momento. Una carrera de tantos años viene con altos y bajos. Hay muchos bajos que se pueden convertir en altos, dependiendo de cómo uno lo perciba. Estoy contento y agradecido. Soy un bendecido de esto y de la vida. Ese flaquito criado en una barriada difícil, donde existía lo bueno, lo malo y lo feo, que ni él sabía que podía ser un deportista de alto nivel en su país, que con un poco de dedicación, Fe y esos valores caseros, con la ventaja de que fui el menor de seis hermanos y el ejemplo de ellos, me motivaron por el camino del bien”.


Hace un tiempo que no copa la escena en el profesional, pero el retiro del juego es imposible para Víctor David. Al trabajar con su hijo, Víctor Jr. o al presentarse en algunas canchas de Caracas, con jugadores activos y otros veteranos con los que jugó, demuestra que no está dispuesto a abandonarlo.


“Le debo tanto al juego, que ni en 10 vidas podría pagarle. Por todo lo que me ha dado. Una carrera muy linda, la posibilidad de levantar una familia, la oportunidad de conocer el mundo, una carrera universitaria, amistades dentro y fuera. Me gustaría hacerlo otra vez. Que llegara la máquina del tiempo y me tirara en 1987, en la universidad. Igual sigo viviendo del baloncesto”.


En este caso especial, la memoria no traiciona. La carrera de Víctor David no se pierde con el tiempo. Su recorrido y legado tiene razones de sobra para considerarla una obra eterna.

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