• Federico Rojas

“Me mantengo ocupado, para no extrañar tanto”

Casi se cuida como si todavía jugara profesional. ‘Pache’, miembro de la histórica generación del 96 y uno de los 10 futbolistas con más partidos en la selección, transita su etapa fuera del juego entre rutinas de trabajo físico, su chamo, su señora y extrañando las vivencias de su época en el ruedo.

Vinotinto1996

Valiente, Rey, Mcintosh, Dudamel, Castellín, Filosa

Vallenilla Pacheco, Urdaneta, Vera, Salazar, Morán

Archivo Luis Vallenilla Pacheco


Lejos del fútbol profesional, pero cerca de su familia. Así vive Luis José Vallenilla Pacheco, uno de los históricos del #FutVe, que formó parte de la explosión Vinotinto, a fines del siglo pasado y durante los primeros años del siglo XXI.


El otrora lateral derecho de la selección nacional, se mantuvo en la alta competencia por sus buenos hábitos. Si hurgamos en los tiempos del boom, encontramos su nombre por todas partes. En nuestra mente ha quedado grabado su habitual despliegue, con cualquier camiseta que portó.


En la primera gran época de la Vinotinto, “todo era un disfrute. Aparte de que se ganaba, la forma de jugar, que nos divertía, porque cuando entrábamos a la cancha, cada uno sabía lo que tenía que hacer individualmente y, en conjunto. Richard (Páez) nos mostraba los videos y no creíamos las cosas que estábamos haciendo”.


Durante el confinamiento por la pandemia, el hatillano, que está residenciado en los Estados Unidos, ha vuelto atrás en el tiempo, reencontrándose con vivencias que tenía engavetadas.


“En el aislamiento empecé a poner videos de los buenos momentos vividos. La gente me envía fotos de hace tanto tiempo, que te hace recordar cosas importantes de tu vida, del pasado. Te llena de alegría, el recuerdo que queda, las vivencias y las enseñanzas”, reconoce quien jugó béisbol en su infancia y adolescencia.


Vallenilla Pacheco llegó al fútbol, como tantos otros, de la mano de Rafael Santana, uno de los profesores con más tiempo e influencia en el país, pese a que fue un futuro colega quien le tendió una mano, para que mostrara sus cualidades frente a los que ya conocían bien del juego.


“Félix Golindano fue el que habló con él y me abrió las puertas en Trujillanos. Confió en mí. Recuerdo que cuando llegue a Valera, me llevaron a la casa club y estaba el profe. Me conoció y al otro día nos íbamos de pretemporada y yo ni había tocado un balón […] Se quedó sorprendido, al verme correr. Apenas iba a cumplir 16 años. Recuerdo que hacía frío. Me estaba muriendo, porque venía del calor de Puerto Ordaz”, describe acerca de aquella preparación en la localidad valerana de La Puerta.


La primera vez que lo vieron en acción fue cuando “Empezamos los entrenamientos. Antes de hacer fútbol, hicimos muchas corridas de distancia. 20 kilómetros, subiendo una montaña mil veces. No era como ahora, que corres tantos piques y listo. (En ese entonces) el que corriera mayor distancia, era el que agarraba más físico y resistencia física […] Esa era mi virtud y cuando me vio, al segundo día habló con la directiva. Me hicieron firmar un contrato. Me ayudó muchísimo. Era como mi papá, porque fue el que me abrió el camino y me aconsejó de joven”, afirmó quien pasó cuatro años con el conjunto andino.


De hecho, uno de sus grandes recuerdos data de la época mencionada. Cuando encontró su lugar en la cancha.


“Una vez íbamos a jugar contra el Minervén, en Valera, y en esa época jugaba de wing izquierdo o derecho. Ese día (Rafa Santana) me dijo: ‘Negrito, hoy vas a jugar de lateral’. Le dije: ‘Bueno profe, como usted diga’. Porque los que jugaban ahí, estaban lesionados. Ese día ganamos 4 a 2 y dos de los goles, los hice yo. De ahí, me quedé como lateral izquierdo y después empecé por la derecha. Rafa me colocaba en la izquierda. Fue quien me dio la oportunidad como lateral, que fue donde pude jugar en la selección. Eso se agradece y no se olvida”, resaltó.


Antes de conocer a Santana, tuvo que evadirse de casa. De no haberlo hecho, no lo habrían conocido en Valera.


“Yo era muy amigo del hermano de Félix (Golindano), Hernán. Siempre había jugado con él. Fue quien le dijo a Félix (ya jugador profesional), que estaba de vacaciones en Puerto Ordaz, que me fuera a ver y se dio bien […] Le pedí permiso a mi mamá y me dijo que no iba para ninguna parte. Le dije a Hernán que yo ni conocía Valera […] Llegó el día y, cuando mamá se fue a trabajar, Hernán me fue a buscar para irnos al aeropuerto. Yo estaba encompinchado con mi hermana y mi abuelo, que me dio cinco bolívares, para pagar el avión. Solo necesitaba un representante que firmara. Me fui escapado”.


Vallenilla Pacheco (Izquierda) en Trujillanos FC / Archivo Luis Vallenilla Pacheco


Ya consolidado como futbolista profesional, Vallenilla Pacheco triunfó en la versión histórica de Estudiantes de Mérida 1999 (también con Golindano), y recaló en Caracas FC, donde se proyectó hacia su rendimiento más notorio.


“Jugar en el Caracas era maravilloso. Sentías que estabas en la selección. Casi todos los jugadores de buen nivel estaban allí. Jugar en el Brígido (Iriarte), en una de las instituciones más importantes del país. Salir campeón. Un equipo en el que provocaba estar, por todas las atenciones, porque siempre salía a ganar y a estar en copas internacionales. Iba gente a ver jugadores para llevárselos […] (En Caracas) han trabajado con los chamos de categorías menores y les dio resultado. Se iban jugadores, subían nuevos jugadores y Caracas peleaba torneos, aun estando en copas (internacionales)”, valoró quien es admirador de Stalin Rivas, con el que compartió vestuario en el conjunto capitalino, Mineros y en la selección.


Con orgullo, habla de sus logros durante los tiempos en el ‘Rojo’.


“Estuve cuatro años y gané tres estrellas. Una pasantía con Plasencia y después con Rafa Santana, que me volvió a dar la oportunidad. En los últimos años con ‘Chita’ (Noel Sanvicente) conseguí títulos y jugué copas internacionales. Lo que busca un jugador: Estar siempre motivado, tratando de trascender y jugar fuera del país. Pienso que dejé una huella”, aseveró.


Le fue bien a nivel de clubes y, en esos años, se brindó a fondo dentro de la explosión Vinotinto, desde antes de ser citado a la absoluta. Formó parte de la histórica generación del Preolímpico de 1996, en Mar del Plata.


“Tuve a Rafa en la Sub-23 y se creó un grupo importantísimo. Éramos amigos. Desde ahí se empezaron a hacer las cosas bien. El grupo de jugadores se esmeró por hacer un buen camerino. No siempre fue así […] Hubo camerinos donde pequeños grupos querían jugar jalando cada quien para su lado y por eso nunca resultó”, consideró.


Luis Vallenilla Pacheco / Archivo Luis Vallenilla Pacheco


Después se estableció en la mayor con Páez, al que ya conocía, así como a casi todos sus compañeros de convocatoria.


“Con Richard todo fue distinto. Más fácil por su forma de ser, como psicólogo, como te transmitía las cosas. Como entrenábamos. Hacía que sacaras todo tu talento y no teníamos todas las herramientas que tienen los jugadores de ahora. Conformamos una gran selección. Cada vez que nos convocaban, estábamos esperando llegar, para contarnos las anécdotas del equipo en el que estábamos”, destacó el también ex Táchira, Italchacao, Maracaibo y Mineros.


Y se rinde en elogios hacia Páez, quien comandó la primera escalada de la selección, tras el puntapié que dieron, años antes, el serbio Ratomir Dujkovic y el argentino José Omar Pastoriza.


“Nos dio esa motivación. Cuando íbamos perdiendo, sabía con qué palabra subirte el ánimo. Que si podíamos, que jugáramos con irreverencia. Que sacáramos el talento. Era una motivación importante. Uno entraba a la cancha creyendo en poder hacerlo y luego era que te dabas cuenta […] Mientras pasaron los partidos, nos consolidamos. El equipo jugaba solo. Con los resultados, cambiamos la mentalidad. La gente empezó a mirar un poco más hacia Venezuela”, resaltó, acerca de los ocho años que duró el ciclo.


Ese periodo tuvo fechas inolvidables, sobresaliendo la vez del “Centenariazo”. Una historia conocida, que va para 20 años y del que destaca el coraje y la entereza que mostraron los “Lanceros de Páez”, aquella noche montevideana.


“Han pasado 16 años y lo recuerdo como si fue ayer. Que agarramos ese (vuelo) chárter hasta Uruguay. Entrenamos normalmente y el día del partido bajamos. El que quería, desayunaba, y el que no, se quedaba descansando […] Vemos el periódico con el ‘Zurdo’ (Jorge A. Rojas) y Héctor González, y vemos que está la alineación de Uruguay en su lado de la cancha y en la otra mitad decía: ‘No existís’ […] Lo tomamos con tranquilidad, pero a la vez con molestia. Fue un factor importante para sacar ese partido con todo el fútbol que teníamos”, descargó quien jugó completó contra la ‘Celeste’, en ese entonces, de Juan Ramón Carrasco.


Pero eso no fue todo. “Pache”, como varios de sus colegas le llamaban en la cancha, revive ese momento sin omitir cada uno de los estímulos de aquel 31 de marzo de 2004.


“Llegar al estadio y que estuviera repleto. Me molestó que ellos cantaran el himno primero y luego el de nosotros. Empezaron a burlarse de nuestro himno. Eso le hierve la sangre a uno. Ahí fue cuando el equipo, con humildad y el fútbol que se traía, agarró más fuerza para lograrlo. Estoy orgulloso de todos mis compañeros”.


Esa noche, el país certificó y terminó de concientizar que la selección tenía la capacidad competitiva de cualquier otro rival del continente. Esa mística, puertas adentro, que se traducía dentro del campo, con una soltura poco antes vista en nuestro fútbol, le daba un carácter especial a dicho evento. Mucho más, tratándose del equipo nacional.


“En el vestuario de la selección tratamos de estar lo mejor posible en el compañerismo. Darnos apoyo entre nosotros. Queríamos conseguir triunfos y cosas importantes que nunca se habían logrado. Con el profe (Páez), el camerino fue lo máximo, por todo lo que íbamos viviendo con él, por su manera de creer en nosotros y cómo hizo para que creyéramos en nosotros. Derrotas y todo, lo disfrutamos al máximo”, exclamó quien jugó 75 partidos con la mayor entre 1999 y 2007.


El buen andar, durante la primera década del nuevo milenio, le valió para que clubes del fútbol internacional tocaran su puerta. Deportivo Cuenca de Ecuador y Olimpo de Bahía Blanca, de la primera división Argentina.


“Cuando llegué a Olimpo noté una diferencia enorme, porque el fútbol argentino, un país futbolero, nos llevaba una ventaja enorme en su forma de trabajar, en sus competencias, y la diferencia a nivel federativo, a nivel de jugadores y técnicos. La mentalidad del futbolista argentino en comparación con la del venezolano […] Cambié mi pensamiento. Tenía que prepararme mejor. La forma cómo se vive el fútbol en Argentina no se vive en ninguna parte, por la importancia que le dan. Todo el mundo hablando de fútbol, 50 emisoras transmitiendo. ‘Una cosa de locos’, como dicen ellos. Me encantó vivir esa experiencia. Fue una vitrina que me permitió seguir jugando afuera, en Ecuador”, reconoció.


En los siguientes once años, Vallenilla Pacheco compitió en Venezuela, principalmente con Mineros, manteniendo su forma física y mostrando vigencia hasta los 42 años de edad, cuando decidió apartarse de la actividad profesional.


“Siempre me preocupé por tener buenos hábitos. Comer bien y no trasnocharme. Son los sacrificios. Mientras algunos estaban de fiesta o en algún cumpleaños de familia, otros concentramos. Cuando estás metido en el fútbol profesional, tienes que tener disciplina. En mi caso, terminaba de jugar y me gustaba entrenar”.


Habituado a esa disciplina, el caraqueño se diferenció del resto.


“Avanzaba un pasito adelante de mis compañeros. Cuando íbamos a la pretemporada, ya había hecho una, (pretemporada por mi cuenta) antes de llegar. Y estaba volando. Eso me ayudó muchísimo. Tienes que tener a la familia de la mano con eso, tienes que acostumbrarlos a que ese es tu trabajo. Que te puedan apoyar para que lo puedas hacer por ti y el bienestar familiar. Todo eso hay que balancearlo […] Jugábamos y al día siguiente, a las seis de la mañana, ya estaba entrenando. Tenía que sacarme el partido y, a la tarde, ya podía entrenar (con el equipo) para empezar la semana”, describió quien fuera capitán de Mineros de Guayana, con quien jugó su última Libertadores en 2015.


Vallenilla Pacheco atesora cada vivencia y sostiene que el deporte fue, es y será, su forma de vida. Aunque no deja de extrañar su gran época en la escena principal.


“Ya pasaron cuatro años desde que dejé. No fue fácil, pude alargarlo un poco más, pero lo decidí por la situación del país, por lo familiar. Después de tantos años, por el bienestar de la familia y porque se disfrutó y se hizo una vida con el fútbol. Amistades, lo maravilloso que te deja el fútbol […] Extraño poder entrenar con un equipo. Los compañeros. Uno no deja el fútbol así como así. Ha sido mi vida. Mi amor al deporte y a esa gente que conocí. Me siento bien. Trato de jugar (en torneos amateur) de vez en cuando. Me mantengo ocupado, para no extrañar tanto”, concretó.

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