• Federico Rojas

“No me llamaron más y me siento capaz de estar”

Desde que se formó con una histórica generación del Santos brasileño, Breitner Da Silva se internacionalizó. Nació en Venezuela y, como juvenil, llegó a calzarse la Vinotinto. Tiene cinco años haciendo carrera en Portugal, orgulloso de lo logrado, aunque lamenta que, con Venezuela, no se le ha dado.

Breitner Da Silva en Portugal / Archivo Breitner Da Silva


El fútbol de colonias, ese que marcó un punto neurálgico en el desarrollo del balompié venezolano, siempre ha dejado marcas en el camino. Tras la conceptual influencia de los españoles, italianos y portugueses, en el andamiaje de una práctica que se asentó tarde en el país, hubo siembra y cosecha de la camada de argentinos, brasileños y uruguayos que llegaron años más tarde.


Como el caso de Breitner Da Silva, hijo de Joaquín, otrora futbolista del Flamengo de Zico, Carpegiani, Junior, y quien jugó en la ULA y quedó enamorado del país, en los años 70.


Y fue desde su progenitor que, Breitner, nacido en Barcelona (Anzoátegui), descubrió el fútbol y se adentró desde niño.


“Mi papá me contó cómo pasó. Era jugador del Flamengo y a los 18 años se fue a la ULA, con Andrade, otro gran jugador. Pasan un año y luego Andrade se regresa. Mi papá se iba también, pero le gusto tanto el país, el equipo y el campeonato, que no regresó sino después de 30 años, cuando me trajo a Brasil”, relató quien está residenciado en el país de su raíz paterna.


Cuando estudió en el oriente del país, Breitner nunca pudo explotar sus capacidades con una pelota en los pies. Su padre le había prometido llevarlo a conocer el fútbol brasileño, así que cuando se hizo bachiller, fueron juntos a una aventura que no tendría vuelta atrás.


Impulsado por su padre, viajaron al país vecino, para intentar colarse al sistema del fútbol organizado. Desde la amistad de su progenitor con Paulo César Carpegiani, por la afinidad que lograron cuando jugaban y concentraban juntos, y desde un hecho aleatorio, todo empezó a fluir.


“Llegué al centro de formación (RS Futebol) de Carpegiani, en Porto Alegre. Fuimos a conocer y nos enseñaron las canchas. Estaba todo montado para el entrenamiento de la tarde. Y yo que no puedo ver un balón, porque voy a buscarlo. Así que comienzo a correr y patear al arco. Me voy al córner y le digo a mi papá (que estaba hablando con Carpegiani): ‘Lo voy a hacer’. Pateé al arco e hice el gol olímpico. Carpegiani dice: ‘No es posible’. Tenía 10 años. El queda impresionado y le dice a mi papá que si yo jugaba o quería ser jugador. Mi papá le dijo que no sabía y Carpegiani le dijo: ‘Vamos a ver, vamos a ponerlo a entrenar en la tarde’.


Papá le pregunta: ‘¿Pero con los de la edad de él?’, y Carpegiani le dice que no, que tenía que entrenar con los de 16.


Papá le responde: ‘No, estás loco. Le dan una patada y la mamá me deja’. Carpegiani se impresionó por lo que hacía con esa edad. Me preguntó si quería entrenar en la tarde. Ahí empezó todo. Era para ser”, describió quien se inició en esa escuela, de la que salieron Thiago Silva, Ederson Campos (Lazio, Lyon, Niza), Naldo (Werder Bremen, Schalke, Wolfsburgo, Mónaco), entre otros.


A esta altura del cuento, a Breitner no le bastaba con el aval de su padre. Para poder avanzar, necesitaba el visto bueno de su mamá, Durbelis, que se había quedado en Maturín, donde residían en aquella época.


“Papá siempre tuvo algo conmigo. Lo que yo quisiera dentro el fútbol, era mi decisión. Él podía dar su opinión y aconsejarme, pero la decisión era mi responsabilidad, desde chamo. Nunca tuve problema con eso. Así que me dijo que llamara a mi mamá y le explicara la situación. Tuve que convencerla. Carpegiani también habló. Con 10 años, imagínate que se lleven a tu hijo”, reflexionó.


De ahí saltó al Inter de Porto Alegre, para involucrarse al fútbol de clubes, adherido al juego que organiza y rige la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF).


“Pasé un año en la escuela de Carpegiani y, como no tenía categoría de mi edad, estuve con los infantiles y juveniles […] Así que por su relación con Inter, Carpegiani me lleva allá. No pensaba en otra cosa que no fuese jugar. En ese momento, en Brasil había jugadores fenomenales. No fue fácil. Cada cinco minutos les nace un Ronaldo, Romario, Rivaldo o Neymar”, repasó acerca de sus dos años en el sur.


Con el soporte familiar, Da Silva afrontó el duro reto de formarse y ganarse un lugar en uno de los países que goza de mayor tradición futbolera en el mundo, con la nacionalidad de uno de los países con menos historia de la región, y lo que el caducado preconcepto acarrea.


“Ahí si empezó todo de verdad, con los muchachos de mi edad. Tenía que luchar. Un venezolano en el fútbol brasileño, nadie lo había visto. El pasaporte de Venezuela no se puede quitar nunca. Papá siempre me dijo que iba a sufrir un poco, por la nacionalidad. Por eso que se decía de que un venezolano no sabía jugar, que lo que sabía era de béisbol. Eso ya no existe más, lo borraron en estos años”, afirmó.


Esa tipificación se fue desvaneciendo de su mente, desde un análisis interior y actuando en la cancha con ambición y empeño.


“Tengo una personalidad fuerte. Es muy difícil que algo me tumbe. Desde chamo tengo esa mentalidad de luchar, que viene de mi papá. Somos iguales en eso. Sabes de donde salió, de una ciudad chiquita y también venció. Luchó y buscó su espacio. Todo el mundo lo conoce en Brasil. Es una determinación que tenemos dentro de nosotros. Yo lo que quería era jugar. Papá me decía: ‘Ahí nadie te va a poder decir si eres brasileño, uruguayo, venezolano. Nadie te puede engañar, ni tu puedes engañar a alguien. Si eres bueno, vas a jugar de cualquier manera. Así que fui con ese pensamiento”, ahondó quien creció mirando los videos frescos de Romario, Bebeto y la canarinha que se coronó campeona del mundo en Estados Unidos 94.


Dos años más tarde, Breitner se había nutrido de las dificultades iniciales y encontró una oportunidad única, en el histórico Santos Futebol Clube. Un escenario distinto, dado que el fútbol paulista es más técnico y menos físico que el del estado de Rio Grande Del Sur.


“Al final de 2002, Santos fue campeón con Robinho y Diego. Una vez me fui de Porto Alegre a San Pablo por una invitación a jugar contra ellos. Su entrenador me dijo que tenía las puertas abiertas. En ese momento pensé que tenía que irme, que allá me iba a hacer mejor jugador. El fútbol paulista se adapta a lo que yo juego, es más cercano a mi fútbol […] Llegué a casa y le conté a mi papá. Me respondió: ‘Tú eres el que sabe’. Iba a cumplir 13”, describió quien armó su equipaje y se instaló en Vila Belmiro, junto a una histórica camada de juveniles.


Santos estaba tratando de reacomodarse financieramente. Cuando entró dinero, construyeron una sede formativa llamada "Centro de Entrenamiento Meninos da Vila”, denominación que se traduce al coloquial venezolano como los “Chamitos de Vila” (Belmiro), el barrio del alvinegro.

Breitner Da Silva en Santos / Archivo Breitner Da Silva


“Cuando llegué no era lo que es hoy. Tenían problemas estructurales. Después del campeonato de 2002, todo cambió. Justamente cuando llegué, cambiaron la forma de pensar. Le empezaron a dar oportunidades a los juveniles de la Sub-20. Más atención para ponerlos a jugar con el equipo grande”.

Breitner Da Silva y Neymar, en Santos / Archivo Breitner Da Silva


En ese grupo estaba Paulo Henrique 'Ganso', un habilidoso volante creativo con pegada elegante y, más atrás, venía un tal Neymar, el garoto que jugó con Messi en el Barcelona y por el que el Paris Saint-Germain pagó 222 millones de euros.


“Somos dos años más viejos que Neymar. Teníamos muy buenos jugadores. Jugábamos con dos creativos. Un 8 y un 10. Un 5 por atrás, libre, en la media cancha. Él (Ganso) por la izquierda y yo por la derecha. Igual, nos cambiábamos. Le dábamos dolor de cabeza, a los otros equipos. Jugar con Ganso, al lado, es tremendo.


Empezamos en infantiles y cuando llegamos a la Sub-20, ni nos mirábamos. Ya sabíamos dónde estábamos”, añadió.


Más allá de la competencia, prevaleció la buena convivencia. Las relaciones interpersonales fluyeron y perduraron.


“Nos tratábamos muy bien. A pesar de la corta edad, no peleábamos. Siempre con alegría, donde nos tocara estar. Era ambiente sano. Crecimos juntos, veníamos desde pequeños en todas las categorías y llegamos al equipo principal. Ya eso nos hizo hermanos […] Todavía recordamos los entrenamientos, las concentraciones, los partidos”, destacó.


Con 19 años debutó en el primer equipo. Tan joven y en un fútbol tan exigente, con tres o hasta cuatro competencias en el año. El calendario no para y el primero que lo siente es el jugador, dado que encuentra alguna forma de ver minutos.


“Llegué con el DT (Márcio Fernándes, en 2009) de la Sub-20 que, a los seis meses, fue a dirigir el primer equipo. Al año siguiente llegó Dorival (Júnior) y empezamos a jugar más. Hizo el equipo en función de los chamos. El primer día nos dijo que, el que estuviera bien, iba a jugar. Sin importar la edad ni experiencia […] Sabía que iba a jugar. Teníamos dos equipos. El “segundo equipo” jugaba el campeonato paulista. El primer equipo jugaba la copa de Brasil, la Libertadores y, cuando empezó el Brasileirao, ponía al segundo equipo. Todos jugábamos. El entrenador nos daba libertades y hacíamos desastre en la cancha”, reconoció Breitner, de aquel equipo que se paraba comúnmente con un 4-4-2, los canteranos y varios experimentados como Edú Dracena, Durval, Leo, Arouca y Robinho, que llegó después.


Durante esos años, Santos ganó tres campeonatos paulista (2010, 11, 12), la Copa de Brasil de 2010 y la Libertadores 2011. Un equipo que jugaba con una soltura notable y que hizo historia para el club.


Breitner Da Silva y Neymar / Archivo Breitner Da Silva


“El entrenador nos tenía tanta confianza que no tenía miedo de cambiar. Las competiciones que más queríamos ganar era la copa, que nunca había ganado el club y entramos en la historia. No hubo otro equipo que lo hizo. El paulista teníamos (tres) años sin ganarlo y lo ganamos sobrado. Empezó la copa de Brasil y estábamos fuertes y llegó el Brasileirao. Ahí nos llama Dorival y nos dice que la copa es lo principal. Si quedábamos campeones, íbamos a la Libertadores. Nos concentramos en eso. El Brasileirao lo íbamos llevando. Lo teníamos como un juego de fin de semana, tranquilo. Lo hacíamos y ganábamos. Disfrutamos un momento que estuvimos arriba en la tabla, casi que sin darnos cuenta”, se explayó en su buen castellano.


En lo que a la selección se refiere, Brasil lo llamó una sola vez, siendo juvenil.


“Me convocaron a la Sub-20, junto a Ganso. Queríamos, pero no pudimos ir. Teníamos unas finales y el club no nos dejó. Fuimos considerados los mejores mediocampistas de Brasil, en la categoría. Estábamos muy bien y ganamos todos los torneos que jugamos […] Peleamos para ir. El club no estaba obligado a dejarnos y teníamos una final que el club quería ganar. Imagínate si se llevaban a los dos mejores jugadores. El presidente dijo que si iba uno, el otro se quedaba. Nos miramos y quedamos en que íbamos los dos, o no íbamos. Fue la única vez que nos llamaron. Éramos juveniles y, en Brasil, si no vas, hay otro que te reemplaza”, respondió.


De Vinotinto, si pudo vestirse, pero no encontró la química. Participó en un par de módulos, durante el proceso de Farías que alcanzó el Mundial juvenil de 2009.


“Fui a dos giras. Uruguay primero y Argentina después. Los únicos que jugábamos afuera éramos Rafa Acosta y yo. El grupo, muy bien.

Pasa que tuve un pequeño problema, por una decisión mía. Estábamos en un torneo en Puerto La Cruz, en el que estaba Brasil también. (Farías) No me ponía a jugar. Tenía mes y medio en la selección y sentía que estaba perdiendo tiempo y perdiendo espacio en Santos, en medio de la temporada, cuando necesitaba jugar para llegar al primer equipo”, se desahogó.


Temprano en la preparación, se desvinculó de la selección.


“Le dije a Napoleón Centeno (coordinador) que me iba, porque no estaba jugando y lo necesitaba. Al inicio jugué casi todos los partidos, hice goles y me sentía parte del grupo. Creía que tenía un espacio y que tenía que seguir trabajando para ir al Sudamericano. Ahora Farías no me decía nada y no sabía porque no me ponía. También llegaron otros jugadores”, comentó.


Sobre dicho asunto, a Breitner le quedaron sentimientos encontrados. El haber estado, el no haber hecho el equipo y el posterior acontecimiento mundialista, le dejaron un recuerdo agridulce.


“Es una de las grandes decepciones que tengo, porque estaba jugando muy bien, en uno de los campeonatos más difíciles del mundo. Creo que no me valoraron como era. Sentí que pasó algo que nunca me dijeron y tomé esa decisión […] Quedé contento por Venezuela, por mis compañeros y las amistades que hice con Sema (Velásquez), Salomón (Rondón), (Rafa) Romo, Ángelo Peña, Rafa (Acosta), pero una parte de mi quedó muy triste, porque sabía que pude haber estado […] Son decisiones del entrenador que no me competen”, complementó.


Con Santos no se daban los minutos necesarios para rendir, así que Da Silva fue a buscar suerte en otros equipos, mientras esperaba el llamado de la selección. En 2011 fue a Figueirense, donde fue goleador y figura en una buena temporada del club, luego pasó por el Criciuma (Serie B) y el Náutico, siempre cedido por el peixe.


A pesar de la regularidad en competencia y de las comodidades que tenía en Brasil, Breitner arregló para volver a Venezuela, con un objetivo entre ceja y ceja. Mineros de Guayana le ofreció un contrato justo, con actividad en Copa Libertadores y la presencia de Richard Páez, otro amigo cercano de su padre.


“Fui a Mineros con el tema de ir a la selección. Jugar la Libertadores y el campeonato para que me llamaran. Con un gran DT que me dio la confianza. Richard tiene una amistad muy grande con mi papá. Lo llamó personalmente para llevarme y me convenció, porque yo no quería ir. Quería seguir en Brasil o ir a Europa. Me habían llamado de Portugal para jugar en primera división (con el Arouca FC) y faltaban 15 días para empezar el torneo. Ya había dado mi palabra y más a Richard”, revela quien también había recibido una llamada del Deportivo Táchira, antes de pactar con el negriazul.


La pasantía comenzó bien, pero terminó mal. En lo deportivo, no se lograban los objetivos, mientras que los asuntos extradeportivos, por incumplimientos del club, tensaban la relación.


“Nunca me faltó nada. Como jugador local, tenía dos contratos. Uno en bolívares y otro con moneda extranjera, que era mi única condición para salir de Brasil, donde estaba tranquilo, con un año más de contrato en Santos […] Pasaron seis meses y no había cobrado ni un mes de mi contrato en dólares. Lo entendí por el problema que tiene Venezuela, pero si firmas un compromiso, tienes que buscar la manera de cumplir antes de que pase tanto tiempo”, argumentó.


Después Páez y Mineros rompieron la relación de aquella vez y cambió el escenario. Breitner siguió con Marcos Mathías, pero ya lo que sucedía fuera de la cancha lo había desbordado.


“Me fui por la cuestión económica. Un problema trajo otro problema. Y pensar que había dejado de ir a Portugal. Me devolví a Brasil y me comuniqué con FIFA para cobrar el dinero que Mineros me debía. Nadie trabaja gratis”, exclamó.


No demoró en conseguir una llamativa oportunidad de trabajo. Finalmente se fue a Portugal, con el club Unión de Madeira, previo a consolidarse con el Leixoes, con el que le hizo un partidazo de copa al Porto y finalizó aquella temporada con 12 goles y 10 asistencias.


De hecho, por su pasantía en tierra lusitana, Breitner sabe quién es José Peseiro. El actual futbolista del Arouca tiene su opinión formada, considerando el contexto que encuentra el nuevo seleccionador de Venezuela.


“Jugué contra él, cuando estuve en Unión de Madeira y él estaba con el Braga. Es muy buen entrenador. La forma de jugar es para delante. No anda en defenderse cerrado […] Siento que no era necesario llevarlo. Tienes a Richard Páez y no es porque me gusta o por defenderlo, pero sabe manejar los asuntos de afuera y los de dentro de la cancha. Lleva el grupo […] Me gustaría que pasaran cosas buenas, pero a Peseiro le va a costar, por cómo es el jugador venezolano. No solo por el idioma, sino por la forma de trabajo”, intuye.


Antes, no fue tomado en cuenta por Noel Sanvicente ni por Rafael Dudamel.


“Después de aquella vez con la Sub-20, no me llamaron más y me siento capaz de estar. Muchos jugadores tuvieron esa oportunidad y yo no la tuve, no sé por qué. Es algo que quisiera entender. No por desmerecer a quienes están yendo. Siento que podría tener un puesto”, opinó el anzoatiguense.


Sus raíces están muy mezcladas. Con Brasil tiene una indiscutible identificación, pero su venezolanismo es evidente. Tiene acento y vocabulario marcado, así como las costumbres que agarró de chamito. Entre esas, jugar a la pelota, a ver si algún día se hacía un nombre en la cancha, como otro futbolista venezolano de clase internacional.

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